



LUZ SÁNCHEZ-MELLADO 29/11/2009

"Hostia!".
La primera palabra completa que Llorenç Martínez Arlandis, periodista y músico de 32 años, logró articular meses después de caer fulminado en el aseo de su casa el día de Reyes de 2008 fue, más que un exabrupto, todo un poema. No decía nada y lo expresaba todo a la vez. El magma que bullía en su cabeza. Su tormenta de emociones al verse en una cama de hospital con el lado derecho paralizado y su acreditada labia reducida a una farfulla de monosílabos inconexos. Maltrecho, pero vivo y lúcido después de estar casi muerto. "¡Hostia!", dijo de repente, de un tirón. Pero quería decir sorpresa. Rabia. Frustración. Alegría. Miedo. Ganas de vivir.
Acostumbrados a los balbuceos de su primogénito, a los padres de Llorenç aquella blasfemia les sonó a gloria.
-Repítelo: Hos-tia. Hos-tia. H-o-s-t-i-a.
Llorenç lo intentó. Quiso, pero no pudo. No se acordaba. La perla que había brotado de su garganta volvió a escurrirse al recóndito zulo de su cerebro donde se esconde el tesoro perdido de su elocuencia. Y él volvió a emprender la búsqueda con su silabeo habitual: pa-pá; ma-má; y-o. En ella sigue.
Aquel primer vocablo de Llorenç fue lo que los neurólogos llaman un automatismo. Una expresión que sale sola. Maquinalmente. La generación de automatismos la regula un conjunto de neuronas del hemisferio derecho del cerebro. El lado bueno de Llorenç. El izquierdo, el que ordena la capacidad del habla y el movimiento de la mitad derecha del cuerpo, fue el que acusó de pleno el mazazo que le dejó noqueado. Es curioso que su primer automatismo fuera ése y no otro de su otrora vasto repertorio de improperios. Una hostia es, según el diccionario, "un golpe, trastazo o bofetada". Y eso fue, exactamente, lo que le tumbó.
La vida le dio una hostia de las grandes. El aneurisma distal intracraneano -abombamiento localizado en la pared de una vena- que ensanchaba su arteria cerebral media desde que nació estalló de repente. La hemorragia anegó parte del hemisferio izquierdo de su cerebro. Mientras, otras zonas sensibles de su estructura cerebral se quedaron sin el riego de la sangre derramada. Millones de neuronas y miles de millones de conexiones neuronales murieron cada minuto que tardó la ambulancia en trasladarle desde su piso de soltero en Sueca (Valencia) al hospital de La Ribera, en Alcira. Desde entonces, Llorenç lucha por poner algo de orden en el caos, por reorganizar el desbarajuste que ha provocado el apagón en su sistema operativo.
Martínez tuvo un accidente cerebrovascular. Un ictus, como se llaman desde que la Sociedad Española de Neurología eligiera este término latino en los años noventa, en la línea del más gráfico vocablo inglés stroke. Ambos significan, literalmente, golpe. Un puñetazo en la cabeza que llega sin avisar y constituye la primera causa de muerte en las mujeres y la segunda en los varones españoles.
Cada ictus es distinto. Los hay hemorrágicos, como el de Llorenç, aunque la mayoría, un 85%, son isquémicos, provocados por un trombo o coágulo que obstruye una vena cerebral. El resultado es el mismo. Una zona mayor o menor del cerebro permanece más o menos tiempo sin riego y queda dañada o muerta. Cada año, 130.000 españoles sufren un ictus. Un tercio fallece. Otro tercio queda discapacitado, desde la dependencia total a las secuelas leves. Y otro, afortunado, sale sin más -ni menos- consecuencias que una medicación vitalicia y un cambio drástico de estilo de vida decretado por los médicos bajo la amenaza latente de un nuevo golpe fatal.
Hipertensión. Obesidad. Diabetes. Colesterol. Tabaco. Alcohol. Estrés. Drogas. Los factores de riesgo para tener un ictus se acumulan con los años. Sin embargo, la precocidad en los hábitos de riesgo está bajando la media de edad de los afectados. Los neurólogos están alarmados. El 9,3% de los ictus lo sufren jóvenes menores de 55 años, según un estudio de la SEN. El caso de Llorenç no es frecuente, pero tampoco una excepción.
"Antes y-o no era ningún santo. M'agrada la nit. Chicas, amics, discutir de po-lí-ti-ca, música. Bebía y fumaba molt. Paquete y medio al día. Vod-ka, cubatas, continuament. Después de a-neu-ris-ma, ya no apetece. He olvidado la sensació. Es curiós".
No es fácil reproducir por escrito el habla de Llorenç Martínez tras el ictus. Por fuera es un treintañero como tantos. Moderno subtipo indie. Nativo digital. Universitario, urbano, hijo mayor de una familia de clase media acomodada. Coqueto. Con sus gafas de pasta, su ropa falsamente casual y su flequillo desfilado pregonando su voluntad de estilo. Por dentro está tocado. Casi dos años de logopedia rehabilitadora le ha costado conseguir este parloteo entrecortado, por momentos telegráfico y siempre plagado de tacos, en una mezcla aleatoria de español y valenciano, su lengua materna.
Del inglés, que dominaba, ni rastro. "Se ha roto el chip", se justifica. El caso es que se le entiende casi todo, casi todo el tiempo. De vez en cuando se queda sin la palabra que busca o pierde el hilo. Entonces mira con la complicidad de un niño pillado en falta, como diciendo: "¿ves qué raro?", y se parapeta tras una de sus muletillas verbales: "Bé, no sé, ja veurem". Tiene otra muleta -de plástico- para caminar. Un paso de gigante después de meses en silla de ruedas y otros tantos tambaleándose sobre un trípode ortopédico. Pero Llorenç no quiere que el bastón salga en las fotos. "Puedo solo", demuestra. Y ese "puedo" se convierte en su mantra durante el día que pasamos con él.

En ese sentido, Llorenç es, para el neuropsicólogo Joan Ferri, director del servicio,"un caramelo". "Alguien que no ha dejado de avanzar desde que ingresó". Ferri y Martínez se tratan de colegas por los pasillos. Llevan casi dos años viéndose a diario.
Los padres de Llorenç supieron de la extrema gravedad de su hijo en Urgencias de La Ribera. Los médicos no descartaban lo peor. Dos días después, el neurocirujano José Luis Llácer le abrió el cráneo por detrás de la oreja izquierda, accedió al cerebro, reabsorbió el hematoma de 30×50 milímetros y ocluyó la base del aneurisma. Después vinieron veinte días en coma inducido, otros tantos en la UVI y mes y medio en planta. Llorenç volvía a nacer. Era el mismo y era otro.
Lo cuenta en una nota autobiográfica que ha tecleado a dos dedos para la visita. "Comer y dormir y poco más. El cerebro no distinguía nada, como un disco duro que de repente se para". No hablaba. No andaba. Se enteraba de todo y no se enteraba de nada. Lo suficiente para seguir la campaña en la tele del hospital y empeñarse en ir a votar en ambulancia en las elecciones de 2008. Pero no tanto para entender los titulares de EL PAÍS o la viñeta de El Roto. "Aún no la cojo", admite, "es difícil, tía, pero bó, ja veurem".
El ictus de Llorenç cambió su vida y la de su familia. Su madre, Ángeles, profesora, pidió excedencia para atenderle. Su padre, Llorenç, empresario, removió cielo y tierra para que su primogénito tuviera la mejor rehabilitación. El hospital Aguas Vivas, uno de los más reputados del país, es privado pero acoge gratis a pacientes derivados por la Generalitat Valenciana. Una pega burocrática -al hospital de La Ribera no le corresponde este centro- ha obligado, sin embargo, a los Martínez a pagar de su bolsillo los miles de euros que cuesta al mes la recuperación de Llorenç. Ellos pueden. Otros, no. La falta de recursos y centros públicos para la rehabilitación continuada de los 300.000 españoles que lo sufren es casi total, según la presidenta de la Federación Española de Daño Cerebral, Amalia Diéguez.
El caso es que Llorenç está aquí. Primero pasó seis meses ingresado. Ahora viene de lunes a viernes, de 9 a 12. Lo trae su padre desde su casa de Sueca, donde ha tenido que volver después de haberse independizado. Llorenç padre se ha prejubilado para cuidarle. Su esposa y él conocen como nadie los altibajos emocionales de su hijo. Son ellos quienes jalean sus progresos. Y quienes pagan el pato cuando le vence el cansancio y la frustración. "Con mi madre y mi padre me irrito fácilmente, perdón", ha escrito él en su nota. "Admito que caí en depresión. Me puse fatal, che, no podía. Luego arranqué. Ahora me lo curro a diario".
Desde que despertó de "las ensoñaciones banales" de la UVI, y después de aquel ¡hostia! automático, Llorenç se ha aplicado a su nuevo trabajo, su rehabilitación, con una mezcla de humor, realismo, esperanza y determinación. Aquí es donde Llorenç ha logrado hablar como habla, andar como anda, escribir como escribe, como un párvulo, con la zurda. No perfecta, pero sí funcionalmente. Su logopeda, Lourdes Brines; su neuropsicóloga, Paloma Noguera; sus fisioterapeutas, Juanjo Campos y Raúl López, y su terapeuta ocupacional, Ana Ochando, son algunos de sus nuevos jefes.
Cada ictus es un enigma, dicen los neurólogos. La capacidad de recuperación depende del tamaño y localización de la zona cerebral afectada, del tiempo transcurrido hasta recibir atención, de la edad, de tantas variables como casos. Recientes investigaciones estadounidenses demuestran que el entrenamiento neurológico produce un aumento de materia gris. Parece que el cerebro posee cierta capacidad de autorrepararse. Que allí donde un ictus ha atrofiado un área, las regiones adyacentes, bien entrenadas, pueden asumir las funciones perdidas. Ése es el trabajo de Llorenç.
"Cada uno compensa como puede", explica la neuropsicóloga Noguera. "El cerebro se reorganiza, parte espontáneamente y parte con rehabilitación. Ahí entramos nosotros. Hay que lograr nuevas conexiones. Les damos estrategias, herramientas. Es como guiarles por el buen camino, el más directo y eficiente". "Esto no se cura", añade la logopeda Brines, "no es una enfermedad, sino las secuelas de un terremoto. No se trata de enseñarle a leer o hablar, él sabe, sino de que encuentre la forma de ordenar a su cerebro que lea y que hable. Enseñarle a adaptarse, a usar bien lo bueno que le queda".
La logopeda muestra un vídeo de hace un año. En él, Lourdes le enseña láminas a Llorenç y le pregunta qué ve. Su cara de desconcierto al mirar, por ejemplo, una hamaca es la imagen, a la vez poética y desoladora, del estado en que el ictus dejó su cerebro. "Dor-mir no. Ca-lor no. Plat-ja Oi. No sé", titubea él. "Ha- Ham-", le anima ella. "¡Hamaca!", suelta Llorenç triunfal, como si hubiera encontrado petróleo.
Cada palabra, cada frase, cada paso es un galón que emerge del yacimiento perdido. Curioso insaciable, periodista y músico, comunicador profesional, el léxico de Llorenç era tan basto como vasto. Por eso, en medio de su charla sincopada, te suelta un "ese tí-o es un pusilánime", o "això no es mi circunscripción" y se queda tan ancho. Con la misma cara de genuino asombro que cuando se le va el santo al cielo. Los números son otra cosa. Si le preguntas su edad, saca el móvil que lleva incrustado en la palma de la zurda, teclea: "32", y se embala: "República Española", dice. "1931", teclea. "Fill de puta Franco", pronuncia. "1939-1975", escribe. ¿No sabe verbalizar cifras? No es tan fácil: "Sé números, pero no salen. Ce-re-bro y len-gua, no hay conexión. Es curiós. Es raro de collons".
Más tarde, Llorenç padre nos lleva a un restaurante y nos deja solos. Al ir a pagar, la cuenta está saldada. Llorenç tiene una explicación adicional a la gentileza de su padre. "No llevo dinero. Recuerdo las pesetas, pero el euro me suena a chi-no".
El 6 de enero de 2008 fue domingo. La noche había sido larga. Había mucho que celebrar. Por la tarde, la fiesta seguía en casa, más íntima. De repente, Llorenç se encontró mal. Fue al baño. Al ver que tardaba, la amiga que le acompañaba fue tras él y lo vio caído en el suelo. Desmadejado. Inconsciente. KO. Con la vida partida en dos.
A los 30 años, Llorenç Martínez estaba en la cresta de la ola. Aquel era el último día de sus vacaciones en su pueblo. El lunes volvía a Madrid a buscarse definitivamente la vida. Periodista vocacional, ya se había pateado la calle a base de bien en sus cuatro años de reportero en la delegación en Alcira del diario Levante. El trabajo, las salidas, los viajes, ensayos y actuaciones como bajista de Inòpia, el grupo de rock que había formado con tres amigos, absorbían sus horas. Valencia se le estaba quedando pequeña.
En 2006 dio el salto a Madrid. Cursó el Máster de Periodismo de EL PAÍS. Llorenç era un tipo popular entre sus compañeros. "Un crack, muy bueno, jodidamente brillante", recuerdan algunos. Fue, de hecho, elegido director de la revista de fin de curso. Sólo una semana antes del golpe, había acabado su beca de un año como redactor de información nacional en EL PAÍS. Una sección dura, frenética, llena de veteranos superespecializados, donde hay que ganarse a pulso la confianza de los jefes y una línea publicada es un triunfo. Llorenç publicó lo suyo. Su producción -desde un premonitorio reportaje sobre jóvenes parapléjicos hasta una desternillante contraportada sobre una plaga de topillos- da fe de su versatilidad. Y su cabezonería. "Era buen editor, escribía bien, valía para un roto y un descosido, sabía moverse y defendía sus temas a muerte", certifica un antiguo jefe. "Un tipo serio, quizá demasiado", bromea otro: "No hablaba si no era en presencia de su abogado". El caso es que el becario del flequillo extralargo se ganó el respeto de los seniors sin ser la alegría de la huerta. Eso lo dejaba para los colegas.
Sus amigos del máster aún lo están viendo despotricar de política. O de madrugada en el Wurlitzer, o el Nasti, míticos garitos de la noche madrileña. Sitios oscuros, rockeros, canallas, donde Llorenç se movía como pez en el agua. Siempre con chicas -le gustan con flequillo- alrededor. Con una copa y un cigarro. Empalmando día y noche. Con las llaves del BMW a mano por si se terciaba ir a Sueca a tocar con el grupo: 300 kilómetros en dos horas con los temas de Inòpia -dos discos en el mercado- sonando a todo trapo. Un joven sobradamente preparado comiéndose el mundo crudo.
-¿Qué ha tomado éste?
Los de la ambulancia no se anduvieron con rodeos al ver a Llorenç inconsciente. Raúl, Pat (de El Patillas), cantante de Inòpia y amigo desde el instituto, aún recuerda la insistencia de los sanitarios. "Estaban seguros de que se había drogado", denuncia.
No era el caso, pero no es de extrañar. Llácer, el neurocirujano que operó a Llorenç, constata el goteo de jóvenes con ictus por "crisis hipertensivas por abuso de tóxicos, estrés, noches locas, por forzar la máquina del cuerpo" en el quirófano. No es el único. La Sociedad Española de Neurología dedicó el pasado Día del Ictus a la prevención en jóvenes. Hace quince años, se consideraba una fatalidad mortal o una condena de por vida. Los pacientes eran casi desahuciados. Survivor -superviviente- llaman a Amalia Diéguez en los congresos donde va como presidenta de Fedace. Sin embargo, la aparición de una medicación específica -la trombolisis-, que logra curar muchos ictus isquémicos; la mejora de los servicios de emergencia, y la creación de unidades de ictus especializadas en algunos hospitales han logrado reducir la mortalidad de este gran desconocido. Sólo un 15% de la población sabe lo que es un ictus, según Jorge Matías-Guiu, coordinador de la Estrategia Nacional del Ictus. Y es vital reconocer sus síntomas.
No todos fulminan al afectado, como a Llorenç. La mayoría avisan mientras ocurren. Y hay que hacerles caso. "La pérdida repentina de fuerza o sensibilidad en un lado del cuerpo o la cara; la pérdida de visión; la dificultad para expresarse; un súbito e intenso dolor de cabeza sin causa aparente, o una sensación de vértigo añadida" son, según Jaime Masjuan, coordinador de Estudios Cerebrovasculares de la SEN, razones para llamar a emergencias. Ya se ha visto la velocidad de destrucción neuronal de un ictus sin tratar. Nunca es pronto para pedir ayuda. "Tiempo es cerebro", advierten los neurólogos Masjuan y Matías-Guiu.
Llorenç se ha despertado de la siesta. La rehabilitación le deja baldado. Hoy no le toca fisioterapia por la tarde -va tres días por semana-, así que llama a Pat para ir al sequer. En explanadas empedradas como ésta ponían a secar los abuelos de los chicos de Inòpia el arroz que ha dado de comer a sus familias. Hoy es la leonera donde improvisan las jam-sessions del grupo. Llorenç coge el bajo. El solfeo se le había "borrado del coco" pero poco a poco el ritmo volvió a su cabeza y hoy escribe algún acorde. Tocar es otro asunto. La mano derecha, floja por la hemiparesia, flota sobre las cuerdas y sólo logra arrancarles un lamento desvaído.
"Me da rabia no tocar. Me frustra, tío", confiesa a Pat, que le consuela: "Al menos punteas, no te obsesiones, poc a poc".
Desde el ictus de Llorenç, Pat ha hecho algunas cosas. Montó una asesoría, se casó y ha tenido un hijo. Inòpia sigue en la brecha con un bajista sustituto. Muchos de los colegas de Martínez en elmaster, esos que se quedaron conmocionados al conocer la mala suerte "del mejor de su promoción", trabajan en medios de comunicación. Los amigos de verdad siguen yendo de Madrid a Sueca sólo para comer con él. Todos se debaten entre la alegría de ver a su amigo vivo, la admiración ante su voluntad y sus progresos, y cierta melancolía al pensar en lo que pudo haber sido y, por ahora , no es.
La vida sigue. En Aguas Vivas, Ferri y su equipo comienzan a plantearse qué hacer con Llorenç. Los especialistas estiman que los mayores avances culminan entre el año y medio y los dos años tras el ictus. "Llorenç no ha tocado techo. Sigue avanzando y tiene pinta de mejorar más con rehabilitación continua. Pero también tiene que empezar a vivir", opina el neuropsicólogo, que ha visto familias "atrapadas en una rehabilitación eterna, con la vida congelada esperando la mejoría". "Llorenç es joven, fuerte, listo, con un entorno favorable y una familia volcada. Seguro que ajustará sus expectativas a su realidad y le sacará el máximo partido".
Ha sido un día intenso. Llorenç está cansado. "Es raro estar al otro lado. De reportero a entrevistado", dice como diciendo: esto es lo que hay. Así vive. Al día. Imponiéndose retos razonables. Controlar el ratón del portátil. La púa del bajo. Escribir más y mejor. Salir con dinero propio a "mirar flequillos". ¿Trabajar? "Ja veurem. Yo creía que después de ane-u-risma, un año de rehabilitació y a redactar. Mentira cochina. ¿Volveré al periodismo, conduciré. A lo mejor sí. O no. Creo que puedo. Poquet a poquet". Antes de irnos, nos lleva al bar España, donde hay expuesta una foto de su "iaio" plantando arroz. El abuelo Llorenç murió en 2008 mientras su nieto estaba mudo, inmóvil, perplejo. El final de su nota es para él: "No profesaba el cristianismo. Yo tampoco. Pero estaría orgulloso si yo me pusiera bien. Lo he conseguido, Iaio".


Dr. David Arciniegas del Spalding Rehabilitation Hospital, Estados Unidos
Dr. Joseph Giacino del JFK Johnson Rehabilitation Institute, Estados Unidos
Dr. Maarten Milders de la Universidad de Aberdeen, Reino Unido
Dr. José M. Carmena de la Universidad de California en Berkeley, Estados Unidos
Dr. Albert "Skip" Rizzo de la Universidad de Southern California, Estados Unidos
Dr. Roland Zahn de la Universidad de Manchester, Reino Unido
Dra. Carolina Colomer, Médico Físico y de Rehabilitación e Investigadora del FIVAN, España
Dr. Emilio Bizzi del Massachusetts Institute of Technology, Estados Unidos
Dr. Grigore Burdea de la Universidad de Rutgers, Estados Unidos
Dr. Jerome Bickenbach de la Universidad de Queen's, Canadá
Dr. Victor Zurriaga de la Universidad de Barcelona, España
Dra. Elisabeth Wilde del Baylor College of Medicine, Estados Unidos
Dra. Athena Demertzi del Coma Science Group, Bélgica



Hola a todos,
El Dr. Arciniegas es autor o co-autor de más de 70 artículos en revistas científicas, ha escrito 10 capítulos en distintos libros de texto y es autor de un libro titulado: Neuropsychiatry: An Introductory Approach. Además, también ha escrito un gran número de artículos para público profesional y no profesional sobre las secuelas neuroconductales que afligen a las personas que han sufrido un traumatismo craneoencefálico.
Aquí tienen el resumen de la entrevista:
fivan: ¿Podría darnos una breve introducción a David Arciniegas?
Dr. Arciniegas: Mi nombre es David B. Arciniegas y soy el Director Médico de la Unidad de Rehabilitación del Daño Cerebral del HealthONE Spalding Rehabilitation Hospital y Director del Programa de Trastornos Neuroconductales del Colegio de Medicina de la Universidad de Colorado. En esta última institución, soy Profesor Asociado en Psiquiatría y Neurología y llevo la Cátedra Michael K. Cooper en Enfermedades Neurocognitivas. Durante los últimos 13 años, he estado involucrado en el cuidado y estudio de personas con problemas cognitivos y neuroconductales debidos a un traumatismo craneoencefálico u otro daño cerebral adquirido.
fivan: ¿Qué áreas de investigación son las que más le interesan?
Dr. Arciniegas: Mi área de principal interés es la base neurobiológica para los déficits cognitivos entre las personas con un traumatismo craneoencefálico (TCE). Estoy particularmente interesado en los efectos del TCE en los sistemas cerebrales colinérgicos y la relación entre las alteraciones inducidas en esos sistemas mediante un traumatismo y los déficits funcionales, de atención y de memoria.
fivan: ¿Qué le motivó a investigar en esas áreas?
Dr. Arciniegas: Mi interés en esta área de investigación se debe a un par de observaciones que hice en mi clínica ambulatoria para pacientes que habían sufrido un TCE a mediados de los noventa. Primero, reconocí (como ya lo habían hecho muchos antes) que los tipos y/o la severidad de los problemas cognitivos y los desafíos funcionales diarios reportados por las personas con un leve TCE no difieren frecuentemente de los relativamente buenos resultados obtenidos en valoraciones neuropsicológicas formales. Segundo, me parecía que los problemas descritos por muchas de las personas con un leve TCE en mi clínica se asimilaban bastante a un fenómeno conocido en la literatura psiquiátrica como “alteración de los umbrales sensoriales". Este fenómeno está vinculado a problemas en un circuito inhibidor colinérgico-dependiente y regulado por el hipocampo que participa en el filtrado pre-atentivo de la información sensorial entrante. Cuando se altera la función de este circuito, los pacientes reportan problemas cognitivos que empeoran en entornos con múltiples estímulos compitiendo entre si – por ejemplo, restaurantes, centros comerciales o entornos laborales o familiares poco tranquilos – y que no son fácilmente identificables o correlacionados con los resultados de las pruebas neuropsicológicas administradas en entornos libres de distracciones (por ejemplo, la sala de evaluación). Si los déficits primarios de los umbrales sensoriales son responsables de fallos funcionales, de atención o de memoria en entornos habituales, pensé que la discrepancia entre los problemas cognitivos de mis pacientes y sus buenos resultados relativos en las evaluaciones cognitivas podría ser resuelta.
Estas observaciones me llevaron a hipotetizar que el TCE dañaba la funcionalidad de ese circuito de umbrales sensoriales, y que, los déficits post-traumáticos asociados con este circuito en parte explicaban la discrepancia entre el mundo real y los resultados obtenidos en la oficina de las personas con quejas persistentes sobre problemas cognitivos post-traumáticos.
Cuando revisé la literatura relacionada a estas preguntas ví que existía un cuerpo de evidencia sustancial demostrando las alteraciones agudas y crónicas de la función cerebral colinérgica después de un TCE inducido de manera experimental. Había evidencia inferida (principalmente de estudios farmacológicos) de que los déficits colinérgicos también ocurrían en humanos después de un TCE. Esto sugería un posible mecanismo mediante el cual un TCE podría dañar los umbrales sensoriales: lesión a (o la disfunción de) los aferentes colinérgicos del circuito inhibidor colinérgico-dependiente y regulado por el hipocampo que apoya está función cognitiva pre-atentiva. Esto también sugirió que el aumento de la función colinérgica podría ser una estrategia racional desde el punto de vista neurobiológico mediante la cual se podría mejorar la función cognitiva y los resultados obtenidos en el mundo real por las personas que han sufrido un TCE.
Por lo tanto, diseñamos una serie de experimentos para probar la hipótesis colinérgica de los déficits cognitivos post-traumáticos utilizando potenciales evocados, resonancia magnética volumétrica, la prueba farmacológica de las influencias colinérgicas en las manifestaciones electrofisiológicas, cognitivas y sintomáticas de las alteraciones a los umbrales sensoriales. Lo que interesó a nuestro grupo acerca de está línea de investigación fue su naturaleza inherentemente traslacional: observaciones hechas en la clínica de personas que han sufrido un TCE serían investigadas en nuestros laboratorios de neurofisiologíaa y de neuroimagen, y los resultados de estas investigaciones serían inmediatamente aplicables al cuidado de las personas con TCE. Los resultados de nuestros estudios, junto con los obtenidos por otros centros en estudios realizados al mismo tiempo, parecían confirmar la hipótesis colinérgica de los déficits cognitivos post-traumáticos. Estas observaciones nos llevaron a participar en el desarrollo y ejecución de un ensayo con múltiples centros, seleccionados aleatoriamente, doble ciego y controlado con placebo en los Estados Unidos de un inhibidor de colinesterasa para los déficits post-traumáticos de atención y/o memoria. Los resultados de las partes del estudio que utilizaron la metodología de doble ciego y la extensión con el método de etiqueta abierta, y los obtenidos por otros estudios, sugieren que el aumento colinérgico podría ser una intervención útil para las personas con déficits cognitivos post-traumáticos persistentes.
En la medida que estos resultados contribuyan al cuidado de las personas con los problemas antes descritos después de un TCE, incluyendo uno leve, los objetivos que nos motivaron a seguir esta línea de investigación se habrán cumplido.
fivan: ¿Qué tendencias en las áreas de investigación mencionadas deberíamos seguir más de cerca?
Dr. Arciniegas: Estamos ampliando nuestras investigaciones previas incorporando la resonancia magnética funcional, la neurogenética, y combinaciones de intervenciones rehabilitadoras farmacológicas y cognitivas al diseño de nuestros estudios. A pesar de que la disfunción colinérgica sigue siendo el interés principal de nuestro grupo de investigación, también estamos interesados en el rol de las alteraciones catecolaminérgicas y en las interacciones entre los sistemas colinérgicos y catecolaminérgicos en el desarrollo de déficits cognitivos post-traumáticos. Somos afortunados de estar colaborando en el desarrollo y la ejecución de estos estudios con nuestro colega el Dr. Thomas W. McAllister, Profesor en el Departamento de Fisiatría del Colegio de Medicina de Dartmouth en New Hampshire, Estados Unidos e Investigador Principal es estos estudios. A través de estos y otros proyectos relacionados, esperamos tener éxito en los próximos años en mejorar nuestro conocimiento de las bases neurobiológicas de los déficits cognitivos post-traumáticos.
fivan: ¿Qué tendencias en las áreas de investigación mencionadas deberíamos seguir más de cerca?
Dr. Arciniegas: El desarrollo de agentes neurofarmacológicos con mecanismos de acción cada vez más específicos – por ejemplo, agentes que tienen como objetivo receptores nicotínicos o muscarínicos colinérgicos específicos en el sistema nervioso central, pero no en el periférico – probablemente nos permitan refinar nuestras farmacoterapias para los déficits cognitivos post-traumáticos. Al mismo tiempo, el desarrollo combinado de las modalidades de imagen funcional y estructural, y particularmente los métodos para identificar alteraciones específicas de los neurotransmisores “in vivo”, y la identificación de los perfiles neurogenéticos que influyen en la respuesta a los tratamientos mejorarán nuestra capacidad de emparejar a los pacientes con los tratamientos que tengan la mayor probabilidad de beneficiarles.
fivan: ¿Qué diferencias cree que veremos en diez años en la forma de practicar la neurorrehabilitación?
Dr. Arciniegas: Una mayor apreciación de la influencia del contexto en los resultados obtenidos al realizar una tarea (por ejemplo, entre el mundo real multifacético vs. la tranquilidad de la sala de evaluación, libre de distracciones), y de la dependencia contextual de los procesos neurobiológicos cuya asistencia es necesaria para obtener estos resultados, probablemente cambien nuestra forma de entender los déficits cognitivos post-traumáticos. Al mismo tiempo, el continuo desarrollo de estudios de neuroimagen funcional y neurogenética con aplicación clínica cambiará la forma en la que evaluamos y tratamos a personas con problemas cognitivos después de un TCE. La integración de los resultados de las evaluaciones neuropsicológicas y funcionales basadas en entornos reales con la neuroimagen, neurogenética y otras evaluaciones biológicas mejorarán la especificidad y el éxito de la rehabilitación cognitiva y las intervenciones farmacoterapéuticas. Con ese fin, cambios sistémicos en los sistemas de salud serán necesarios para apoyar las colaboraciones transdisciplinarias que serán necesarias para dar un cuidado neurorrehabilitador de mayor calidad y eficacia. Espero que los actuales esfuerzos para reformar el sector de la sanidad en los Estados Unidos y en otras partes hagan posible que se desarrolle y se provea este tipo de cuidado para las personas que hayan sufrido un traumatismo craneoencefálico.
El Dr. Arciniegas es uno de los ponentes invitados al Symposium Internacional de Neurorrehabilitación. Durante su ponencia hablará sobre la “Intervención farmacológica en la rehabilitación neuroconductal”.
Espero que hayan disfrutado de la entrevista. Próximamente, publicaré la próxima “entrega” de la serie.
Un abrazo,
Pablo